Novelas para ciegos…
No recuerdo ni la mitad de sus palabras. El murmullo de la lluvia era incesante, incansable.
Sus manos acariciaban mi rostro con la paciencia de una tarde de primavera. El sonido de la ciudad quedaba encerrado entre cuatro paredes invisibles que nos aislaban del mundo. De lo que había sido siempre el mundo.
Sin embargo, allí aislados, perdiendo la cuenta de los besos no dados, de las caricias calladas descubrimos que la noche era el único impedimento para seguir abrazados.
Las farolas cobraban vida, y nuestras manos luchaban por no separarse, por poder alcanzar la última caricia.
El regreso nunca fue nuestra parte favorita de aquellos días, pues significaba el volver solos a casa, cada uno por bandos distintos cuando en pocas horas nos había unido tanto.
Ahora, que las calles de la ciudad callan, hay un pequeño lugar donde todavía se aprecia el olor de lluvia de primavera. De la que fue nuestra primavera.
Marga’11
Una espina de experiencia vale más que un bosque de advertencias. - James Russell Lowell





